<?xml version='1.0' encoding='UTF-8'?><?xml-stylesheet href="http://www.blogger.com/styles/atom.css" type="text/css"?><feed xmlns='http://www.w3.org/2005/Atom' xmlns:openSearch='http://a9.com/-/spec/opensearchrss/1.0/' xmlns:georss='http://www.georss.org/georss' xmlns:gd='http://schemas.google.com/g/2005' xmlns:thr='http://purl.org/syndication/thread/1.0'><id>tag:blogger.com,1999:blog-22370559</id><updated>2011-04-21T20:40:44.691-05:00</updated><title type='text'>Nocturnal News.</title><subtitle type='html'></subtitle><link rel='http://schemas.google.com/g/2005#feed' type='application/atom+xml' href='http://nocturnalnews.blogspot.com/feeds/posts/default'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/22370559/posts/default?max-results=100'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://nocturnalnews.blogspot.com/'/><link rel='hub' href='http://pubsubhubbub.appspot.com/'/><author><name>Cretino</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='27' src='http://img284.imageshack.us/img284/4886/mi450th6wf.jpg'/></author><generator version='7.00' uri='http://www.blogger.com'>Blogger</generator><openSearch:totalResults>2</openSearch:totalResults><openSearch:startIndex>1</openSearch:startIndex><openSearch:itemsPerPage>100</openSearch:itemsPerPage><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-22370559.post-113981627023606755</id><published>2006-02-13T01:37:00.000-06:00</published><updated>2006-02-13T01:37:50.246-06:00</updated><title type='text'>El gato negro.</title><content type='html'>No espero ni remotamente que se conceda el menor crédito a    la extraña, aunque familiar historia que voy a relatar. Sería verdaderamente    insensato esperarlo cuando mis mismos sentidos rechazan su propio testimonio.    No obstante, yo no estoy loco, y ciertamente no sueño. Pero, por si muero mañana,    quiero aliviar hoy mi alma. Me propongo presentar ante el mundo, clara, suscintamente    y sin comentarios, una serie de sencillos sucesos domésticos. Por sus consecuencias,    estos sucesos me han torturado, me han anonadado. Con todo, sólo trataré de    aclararlos. A mí sólo horror me han causado, a muchas personas parecerán tal    vez menos terribles que estrambóticos. Quizá más tarde surja una inteligencia    que de a mi visión una forma regular y tangible; una inteligencia más serena,    más lógica, y, sobre todo, menos excitable que la mía, que no encuentre en las    circunstancias que relato con horror más que una sucesión de causas y de efectos    naturales.&lt;br /&gt;&lt;p align="justify"&gt;   La docilidad y la humanidad fueron mis características durante mi niñez. Mi    ternura de corazón era tan extremada, que atrajo sobre mí las burlas de mis    camaradas. Sentía extraordinaria afición por los animales, y mis parientes me    habían permitido poseer una gran variedad de ellos. Pasaba en su compañía casi    todo el tiempo y jamás me sentía más feliz que cuando les daba de comer o acariciaba.    Esta singularidad de mi carácter aumentó con los años, y cuando llegué a ser    un hombre, vino a constituir uno de mis principales placeres. Para los que han    profesado afecto a un perro fiel e inteligente, no es preciso que explique la    naturaleza o la intensidad de goces que esto puede proporcionar. Hay en el desinteresado    amor de un animal, en su abnegación, algo que va derecho al corazón del que    ha tenido frecuentes ocasiones de experimentar su humilde amistad, su fidelidad    sin límites. Me casé joven, y tuve la suerte de encontrar en mi esposa una disposición    semejante a la mía. Observando mi inclinación hacia los animales domésticos,    no perdonó ocasión alguna de proporcionarme los de las especies más agradables.    Teniamos pájaros, un pez dorado, un perro hermosísimo, conejitos, un pequeño    mono y un gato. Este último animal era tan robusto como hermoso, completamente    negro y de una sagacidad maravillosa. Respecto a su inteligencia, mi mujer,    que en el fondo era bastante supersticiosa, hacía frecuentes alusiones a la    antigua creencia popular, que veía brujas disfrazadas en todos los gatos negros.    Esto no quiere decir que ella tomase esta preocupación muy en serio, y si lo    menciono, es sencillamente porque me viene a la memoria en este momento. Plutón,    este era el nombre del gato, era mi favorito, mi camarada. Yo le daba de comer    y él me seguía por la casa adondequiera que iba. Esto me tenía tan sin cuidado,    que llegué a permititirle que me acompañase por las calles. Nuestra amistad    subsistió así muchos años, durante los cuales mi carácter, por obra del demonio    de la intemperancia, aunque me avergüence de confesarlo, sufrió una alteración    radical. Me hice de día en día más taciturno, más irritable, más indiferente    a los sentimientos ajenos. Llegué a emplear un lenguaje brutal con mi mujer.    Más tarde, hasta la injurié con violencias personales. Mis pobres favoritos,    naturalmente, sufrieron también el cambio de mi carácter. No solamente los abandonaba,    sino que llegué a maltratarlos. El afecto que a Plutón todavía conservaba me    impedía pegarle, así como no me daba escrúpulo de maltratar a los conejos, al    mono y aun al perro, cuando por acaso o por cariño se atravesaban en mi camino.    Mi enfermedad me invadía cada vez más, pues ¿qué enfermedad es comparable al    alcohol?, y, con el tiempo, hasta el mismo Plutón, que mientras tanto envejecía    y naturalmente se iba haciendo un poco desapacible, empezó a sufrir las consecuencias    de mi mal humor. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Una noche que entré en casa completamente borracho, me pareció    que el gato evitaba mi vista. Lo agarré, pero, espantado de mi violencia, me    hizo en una mano con sus dientes una herida muy leve. Mi alma pareció que abandonaba    mi cuerpo, y una rabia más que diabólica, saturada de ginebra, penetró en cada    fibra de mi ser. Saqué del bolsillo del chaleco un cortaplumas, lo abrí, agarré    al pobre animal por la garganta y deliberadamente le hice saltar un ojo de su    órbita. Me avergüenzo, me consumo, me estremezco al escribir esta abominable    atrocidad. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Por la mañana, al recuperar la razón, cuando se hubieron disipado    los vapores de mi crápula nocturna, experimenté una sensacion mitad horror mitad    remordimiento, por el crimen que había cometido; pero fue sólo un débil e inestable    pensamiento, y el alma no sufrió las heridas. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Persistí en mis excesos, y bien pronto ahogué en vino todo    recuerdo de mi criminal acción. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El gato sanó lentamente. La órbita del ojo perdido presentaba,    en verdad, un aspecto horroroso, pero en adelante no pareció sufrir. Iba y venía    por la casa, según su costumbre; pero huía de mí con indecible horror. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Aún me quedaba lo bastante de mi benevolencia anterior para    sentirme afligido por esta antipatía evidente de parte de un ser que tanto me    había amado. Pero a este sentimiento bien pronto sucedió la irritación. Y entonces    desarrollóse en mí, para mi postrera e irrevocable caída, el espíritu de la    perversidad, del que la filosofía no hace mención. Con todo, tan seguro como    existe mi alma, yo creo que la perversidad es uno de los primitivos impulsos    del corazón humano; una de las facultades o sentimientos elementales que dirigen    al carácter del hombre. ¿Quién no se ha sorprendido cien veces cometiendo una    acción sucia o vil, por la sola razón de saber que no la debía cometer? ¿No    tenemos una perpetua inclinación, no obstante la excelencia de nuestro juicio,    a violar lo que es ley, sencillamente porque comprendemos que es ley? Este espíritu    de perversidad, repito, causó mi ruina completa. El deseo ardiente, insondable    del alma de atormentarse a sí misma, de violentar su propia naturaleza, de hacer    el mal por amor al mal, me impulsaba a continuar el Suplicio a que había condenado    al inofensivo animal. Una mañana, a completa sangre fría, le puse un nudo corredizo    alrededor del cuello y lo colgué de una rama de un árbol; lo ahorqué con los    ojos arrasados en lágrimas, experimentando el más amargo remordimiento en el    corazón; lo ahorqué porque me constaba que me había amado y porque sentía que    no me hubiese dado ningún motivo de cólera; lo ahorqué porque sabía que haciendolo    así cometía un pecado, un pecado mortal que comprometía mi alma inmortal, al    punto de colocarla, si tal cosa es posible, fuera de la misericordia infinita    del Dios misericordioso y terrible. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;En la noche que siguió al día en que fue ejecutada esta cruel    acción, fuí despertado a los gritos de «¡fuego!» Las cortinas de mi lecho estaban    convertidas en llamas. Toda la casa estaba ardiendo. Con gran dificultad escapamos    del incendio mi mujer, un criado y yo. La destrucción fue completa. Se aniquiló    toda mi fortuna, y entonces me entregué a la desesperación. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;No trato de establecer una relación de la causa con el efecto,    entre la atrocidad y el desastre: estoy muy por encima de esta debilidad. Sólo    doy cuenta de una cadena de hechos, y no quiero que falte ningún eslabón. El    día siguiente al incendio visité las ruinas. Los muros se habían desplomado,    exceptuando uno solo, y esta única excepción fue un tabique interior poco sólido,    situado casi en la mitad de la casa, y contra el cual se apoyaba la cabecera    de mi lecho. Dicha pared había escapado en gran parte a la acción del fuego,    cosa que yo atribuí a que había sido recientemente renovada. En torno de este    muro agrupábase una multitud de gente y muchas personas parecían examinar algo    muy particular con minuciosa y viva atención. Las palabras «¡extraño!» «¡singular!»    y otras expresiones semejantes excitaron mi curiosidad. Me aproximé y vi, a    manera de un bajo relieve esculpido sobre la blanca superficie, la figura de    un gato gigantesco. La imagen estaba estampada con una exactitud verdaderamente    maravillosa. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Había una cuerda alrededor del cuello del animal. Al momento    de ver esta aparición, pues como a tal, en semejante circunstancia, no podía    por menos de considerarla, mi asombro y mi temor fueron extraordinarios. Pero,    al fin, la reflexión vino en mi ayuda. Recordé entonces que el gato había sido    ahorcado en un jardín,contiguo a la casa. A los gritos de alarma, el jardín    habría sido inmediatamente invadido por la multitud y el animal debió haber    sido descolgado del árbol por alguno y arrojado en mi cuarto a través de una    ventana abierta. Esto seguramente, había sido hecho con el fin de despertarme.    La caída de los otros muros había aplastado a la víctima de mi crueldad en el    yeso recientemente extendido; la cal de este muro, combinada con las llamas    y el amoníaco desprendido del cadáver, habrían formado la imagen, tal como yo    la veía. Merced a este artificio logré satisfacer muy pronto a mi razón, mas    no pude hacerlo tan rápidamente con mi conciencia, por que el suceso sorprendente    que acabo de relatar, grabóse en mi imaginación de una manera profunda. Hasta    pasados muchos meses no pude desembarazarme del espectro del gato, y durante    este período envolvió mi alma un semisentimiento. muy semejante al remordimiento.    Llegué hasta llorar la pérdida del animal y a buscar en torno mío, en los tugurios    miserables, que tanto frecuentaba habitualmente, otro favorito de la misma especie    y de una figura parecida que lo reemplazara. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Ocurrió que una noche que me hallaba sentado, medio aturdido,    en una taberna más que infame, fue repentinamente solicitada mi atención hacia    un objeto negro que reposaba en lo alto de uno de esos inmensos toneles de ginebra    o ron que componían el principal ajuar de la sala. Hacía algunos momentos que    miraba a lo alto de este tonel, y lo que mé sorprendía era no haber notado más    pronto el objeto colocado encima. Me aproximé, tocándolo con la mano. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Era un enorme gato, tan grande por lo menos como Plutón, e    igual a él en todo, menos en una cosa. Plutón no tenía ni un pelo blanco en    todo el cuerpo, mientras que éste tenía una salpicadura larga y blanca, de forma    indecisa que le cubría casi toda la región del pecho.&lt;br /&gt;  No bien lo hube acariciado cuando se levantó súbitamente, prorrumpió en continuado    ronquido, se frotó contra mi mano y pareció muy contento de mi atención. Era,    pues, el verdadero animal que yo buscaba. Al momento propuse, al dueño de la    taberna comprarlo, pero éste no se dio por entendido: yo no lo conocía ni lo    había visto nunca antes de aquel momento. Continué acariciándolo y, cuando me    preparaba a regresar a mi casa, el animal se mostró dispuesto a acompañarme.    Le permití que lo hiciera, agachándome de vez en cuando para acariciarlo durante    el camino.&lt;br /&gt;  Cuando estuvo en mi casa, se encontró como en la suya, e hízose en seguida gran    amigo de mi mujer. Por mi parte, bien pronto sentí nacer antipatía contra él.    Era casualmente lo contrario de lo que yo había esperado; no sé cómo ni por    qué sucedió esto: su empalagosa ternura me disgustaba, fatigándóme casi. Poco    a poco, estos sentimientos de disgusto y fastidio convirtiéronse en odio. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Esquivaba su presencia; pero una especie de sensación de bochorno    y el recuerdo de mi primer acto de crueldad me impidieron maltratarlo. Durante    algunas semanas me abstuve de golpearlo con violencia; llegué a tomarle un indecible    horror, y a huir silenciosamente de su odiosa presencia, como de la peste. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Seguramente lo que aumentó mi odio contra el animal fue el    descubrimiento que hice en la mañana siguiente de haberlo traído a casa: lo    mismo que Plutón, él también había sido privado de uno de sus ojos. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Esta circunstancia hizo que mi mujer le tomase más cariño,    pues, como ya he dicho, ella poseía en alto grado esta ternura de sentimientos    que había sido mi rasgo característico y el manantial frecuente de mis más sencillos    y puros placeres. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;No obstante, el cariño del gato hacia mí parecía acrecentarse    en razón directa de mi aversión contra él. Con implacable tenacidad, que no    podrá explicarse el lector, seguía mis pasos. Cada vez que me sentaba, acurrucábase    bajo mi silla o saltaba sobre mis rodillas, cubriendome con sus repugnantes    caricias. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Si me levantaba para andar, se metía entre mis piernas y casi    me hacía caer al suelo, o bien introduciendo sus largas y afiladas garras en    mis vestidos, trepaba hasta mi pecho. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;En tales momentos, aunque hubiera deseado matarlo de un solo    golpe, me contenía en parte por el recuerdo de mi primer crimen, pero principalmente    debo confesarlo, por el terror que me causaba el animal. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Este terror no era de ningún modo el espanto que produce la    perspectiva de un mal físico, pero me sería muy difícil denominarlo de otro    modo. Lo confieso abochornado. Sí; aun en este lugar de criminales, casi me    avergüenzo al afirmar que el miedo y el horror que me inspiraba el animal se    habían aumentado por una de las mayores fantasías que es posible concebir. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Mi mujer habíame hecho notar más de una vez el carácter de    la mancha blanca de que he hablado y en la que estribaba la única diferencia    aparente entre el nuevo animal y el matado por mí. Seguramente recordará el    lector que esta marca, aunque grande, estaba primitivarnente indefinida en su    forma, pero lentamente, por grados imperceptibles, que mi razón se esforzó largo    tiempo en considerar como imaginarios, había llegado a adquirir una rigurosa    precisión en sus contornos. Presentaba la forma de un objeto que me estremezco    sólo al nombrarlo: y ésto era lo que sobre todo me hacía mirar al monstruo con    horror y repugnancia, y me habría impulsado a librarme de él, ni me hubiera    atrevido: la imagen de una cosa horrible y siniestra, la imagen de la horca.    ¡Oh lúgubre y terrible aparato, instrumento del horror y del crimen, de la agonía    y de la muerte! &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Y heme aquí convertido en un miserable, más allá de la miseria    de la humanidad. Un animal inmundo, cuyo hermano yo había con desprecio destruido,    una bestia bruta creando para mí -para mí, hombre formado a imagen del Altísimo-,    un tan grande e intolerable infortunio. ¡Desde entonces no volví a disfrutar    de reposo, ni de día ni de noche! Durante el día el animal no me dejaba ni un    momento, y por la noche, a cada instante, cuando despertaba de mi sueño, lleno    de angustia inexplicable, sentía el tibio aliento de la alimaña sobre mi rostro,    y su enorme peso, encarnación de una pesadilla que no podía sacudir, posado    eternamente sobre mi corazón. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Tales tormentos influyeron lo bastante para que lo poco de    bueno que quedaba en mí desapareciera. Vinieron a ser mis íntimas preocupaciones    los más sombríos y malvados pensamientos. La tristeza de mi carácter habitual    se acrecentó hasta odiar todas las cosas y a toda la humanidad; y, no obstante,    mi mujer no se quejaba nunca, ¡ay! ella era de ordinario el blanco de mis iras,    la más paciente víctima de mis repentinas, frecuentes e indomables explosiones    de una cólera a la cual me abandonaba ciegamente. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Ocurrió, que un día que me acompañaba, para un quehacer doméstico,    al sótano del viejo edificio donde nuestra pobreza nos obligaba a habitar, el    gato me seguía por la pendiente escalera, y, en ese momento, me exasperó hasta    la demencia. Enarbolé el hacha, y, olvidando en mi furor el temor pueril que    hasta entonces contuviera mi mano, asesté al animal un golpe que habría sido    mortal si le hubiese alcanzado como deseaba; pero el golpe fue evitado por la    mano de mi mujer. Su intervención me produjo una rabia más que diabólica; desembaracé    mi brazo del obstáculo y le hundí el hacha en el cráneo. Y sucumbió instantáneamente,    sin exhalar un solo gemido mi desdicháda mujer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Consumado este horrible asesinato, traté de esconder el cuerpo.  &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Juzgué que no podía hacerlo desaparecer de la casa, ni de día    ni de noche, sin correr el riesgo de ser observado por los vecinos. Numerosos    proyectos cruzaron por mi mente. Pensé primero en dividir el cadáver en pequeños    trozos y destruirlos por medio del fuego. Discurrí luego cavar una fosa en el    suelo del sótano. Pensé más tarde arrojarlo al pozo del patio: después meterlo    en un cajón, como mercancía, en la forma acostumbrada, y encargar a un mandadero    que lo llevase fuera de la casa. Finalmente, me detuve ante una idea que consideré    la mejor de todas. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Resolví emparedarlo en el sótano, como se dice que los monjes    de la Edad Media emparedaban a sus víctimas. En efecto, el sótano parecía muy    adecuado para semejante operación. Los muros estaban construidos muy a la ligera,    y recientemente habían sido cubiertos, en toda su extensión de una capa de mezcla,    que la humedad había impedido que se endureciese. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Por otra parte, en una de las paredes había un hueco, que era    una falsa chimenea, o especie de hogar, que había sido enjabelgado como el resto    del sótano. Supuse que me sería fácil quitar los ladrillos de este sitio, introducir    el cuerpo y colocarlos de nuevo de manera que ningún ojo humano pudiera sospechar    lo que allí se ocultaba. No salió fallido mi cálculo. Con ayuda de una palanqueta    , quité con bastante facilidad los ladrillos, y habiendo colocado cuidadosamente    el cuerpo contra el muro interior, lo sostuve en esta posición hasta que hube    reconstituído, sin gran trabajo toda la obra de fábrica. Habiendo adquirido    cal y arena con todas las precauciones imaginables, preparé un revoque que no    se diferenciaba del antiguo y cubrí con él escrupulosamente el nuevo tabique.    El muro no presentaba la más ligera señal de renovación. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Hice desaparecer los escombros con el más prolijo esmero y    expurgué el suelo, por decirlo así. Miré triunfalmente en torno mío, y me dije:    «Aquí, a lo menos, mi trabajo no ha sido perdido». &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Lo primero que acudió a mi pensamiento fue buscar al gato,    causa de tan gran desgracia, pues, al fin, había resuelto darle muerte. De haberle    encontrado en aquel momento, su destino estaba decidido; pero, alarmado el sagaz    animal por la violencia de mi reciente acción, no osaba presentarse ante mí    en mi actual estado de ánimo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Sería tarea imposible describir o imaginar la profunda, la    feliz sensación de consuelo que la ausencia del detestable animal produjo en    mi corazón. No apareció en toda la noche, y por primera vez desde su entrada    en mi casa, logré dormir con un sueño profundo y sosegado: sí, dormí, como un    patriarca, no obstante tener el peso del crimen sobre el alma. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Transcurrieron el segundo y el tercer día, sin que volviera    mi verdugo. De nuevo respiré como hombre libre. El monstruo en su terror, había    abandonado para siempre aquellos lugares. Me parecía que no lo volvería a ver.    Mi dicha era inmensa. El remordimiento de mi tenebrosa acción no me inquietaba    mucho. Instruyóse una especie de sumaria que fue sobreseída al instante. La    indagación practicada no dio el menor resultado. Habían pasado cuatro días después    del asesinato, cuando una porción de agentes de policía se presentaron inopinadamente    en casa, y se procedió de nuevo a una prolija investigación. Como tenía plena    confianza en la impermeabilidad del escondrijo, no experimenté zozobra. Los    funcionarios me obligaron a acompañarlos en el registro, que fue minucioso en    extremo. Por último, y por tercera o cuarta vez, descendieron al sótano. Mi    corazón latía regularmente, como el de un hombre que confía en su inocencia.    Recorrí de uno a otro extremo el sótano, crucé mis brazos sobre mi pecho y me    paseé afectando tranquilidad de un lado para otro. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;La justicia estaba plenamente satisfecha, y se preparaba a    marchar. Era tanta la alegría de mi corazón, que no podía contenerla. Me abrasaba    el deseo de decir algo, aunque no fuese más que una palabra en señal de triunfo,    y hacer indubitable la convicción acerca de mi inocencia. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Señores -dije, al fin, cuando la gente subía la escalera-,    estoy satisfecho de haber desvanecido vuestras sospechas. Deseo a todos buena    salud y un poco más de cortesía. Y de paso caballeros, vean aquí una casa singularmente    bien construida (en mi ardiente deseo de decir alguna cosa, apenas sabía lo    que hablaba). Yo puedo asegurar que ésta es una casa admirablemente hecha. Esos    muros... ¿Van ustedes a marcharse, señores? Estas paredes están fabricadas sólidamente.  &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Y entonces, con una audacia frenética, golpeé fuertemente con    el bastón que tenía en la mano precisamente sobre la pared de tabique detrás    del cual estaba el cadáver de la esposa de mi corazón. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;¡Ah! que al menos Dios me proteja y me libre de las garras    del demonio. No se había extinguido aún el eco de mis golpes, cuando una voz    surgió del fondo de la tumba: un quejido primero, débil y entrecortado como    el sollozo de un niño, y que aumentó después de intensidad hasta convertirse    en un grito prolongado, sonoro y continuo, anormal y antihumano, un aullido,    un alarido a la vez de espanto y de triunfo, como solamente puede salir del    infierno, como horrible armonía que brotase a la vez de las gargantas de los    condenados en sus torturas y de los demonios regocijándose en sus padecimientos.  &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Relatar mi estupor sería Insensato. Sentí agotarse mis fuerzas,    y caí tambaleándome contra la pared opuesta. Durante un instante, los agentes,    que estaban ya en la escalera, quedaron paralizados por el terror. Un momento    después, una docena de brazos vigorosos caían demoledores sobre el muro, que    vino a tierra en seguida. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El cadáver, ya bastante descompuesto y cubierto de sangre cuajada,    apareció rígido ante la vista de los espectadores. Encima de su cabeza, con    las rojas fauces dilatadas y el ojo único despidiendo fuego, estaba subida la    abominable bestia, cuya malicia me había inducido al asesinato, y cuya voz acusadora    me había entregado al verdugo... &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Al tiempo mismo de esconder a mi desgraciada víctima, había    emparedado al monstruo.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;EDGAR ALLAN POE &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/22370559-113981627023606755?l=nocturnalnews.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://nocturnalnews.blogspot.com/feeds/113981627023606755/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=22370559&amp;postID=113981627023606755' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/22370559/posts/default/113981627023606755'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/22370559/posts/default/113981627023606755'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://nocturnalnews.blogspot.com/2006/02/el-gato-negro.html' title='El gato negro.'/><author><name>Cretino</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='27' src='http://img284.imageshack.us/img284/4886/mi450th6wf.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry><entry><id>tag:blogger.com,1999:blog-22370559.post-113980881324955545</id><published>2006-02-12T23:31:00.000-06:00</published><updated>2006-02-13T00:54:14.226-06:00</updated><title type='text'>Los asesinos.</title><content type='html'>La puerta del restaurante de Henry    se abrió y entraron dos hombres que se sentaron al mostrador.  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué van a pedir? -les preguntó    George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No sé -dijo uno de ellos-. ¿Vos    qué tenés ganas de comer, Al? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Qué sé yo -respondió Al-, no sé.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Afuera estaba oscureciendo. Las luces    de la calle entraban por la ventana. Los dos hombres leían el menú. Desde el    otro extremo del mostrador, Nick Adams, quien había estado conversando con George    cuando ellos entraron, los observaba. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Yo voy a pedir costillitas de cerdo    con salsa de manzanas y puré de papas -dijo el primero. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Todavía no está listo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Entonces por qué carajo lo ponés    en la carta? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Esa es la cena -le explicó George-.    Puede pedirse a partir de las seis. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George miró el reloj en la pared    de atrás del mostrador. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Son las cinco. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-El reloj marca las cinco y veinte    -dijo el segundo hombre. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Adelanta veinte minutos. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Bah, a la mierda con el reloj -exclamó    el primero-. ¿Qué tenés para comer? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Puedo ofrecerles cualquier variedad    de sánguches -dijo George-, jamón con huevos, tocino con huevos, hígado y tocino,    o un bife. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-A mí dame suprema de pollo con arvejas    y salsa blanca y puré de papas. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Esa es la cena. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Será posible que todo lo que pidamos    sea la cena? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Puedo ofrecerles jamón con huevos,    tocino con huevos, hígado... &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Jamón con huevos -dijo el que se    llamaba Al. Vestía un sombrero hongo y un sobretodo negro abrochado. Su cara    era blanca y pequeña, sus labios angostos. Llevaba una bufanda de seda y guantes.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Dame tocino con huevos -dijo el    otro. Era más o menos de la misma talla que Al. Aunque de cara no se parecían,    vestían como gemelos. Ambos llevaban sobretodos demasiado ajustados para ellos.    Estaban sentados, inclinados hacia adelante, con los codos sobre el mostrador.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Hay algo para tomar? -preguntó    Al. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Gaseosa de jengibre, cerveza sin    alcohol, y otras bebidas gaseosas -enumeró George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Dije si tenés algo para &lt;i&gt;tomar&lt;/i&gt;.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sólo lo que nombré. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Es un pueblo caluroso este, ¿no?    -dijo el otro- ¿Cómo se llama? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Summit. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Alguna vez lo oíste nombrar? -preguntó    Al a su amigo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No -le contestó éste. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué hacen acá a la noche? -preguntó    Al. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Cenan -dijo su amigo-. Vienen acá    y cenan de lo lindo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Así es -dijo George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Así que creés que así es? -Al le    preguntó a George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Seguro. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Así que sos un chico vivo, ¿no?    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Seguro -respondió George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Pues no lo sos -dijo el otro hombrecito-.    ¿No cierto, Al? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Se quedó mudo -dijo Al. Giró hacia    Nick y le preguntó: -¿Cómo te llamás? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Adams. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Otro chico vivo -dijo Al-. ¿No,    Max, que es vivo? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-El pueblo está lleno de chicos vivos    -respondió Max. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George puso las dos bandejas, una    de jamón con huevos y la otra de tocino con huevos, sobre el mostrador. También    trajo dos platos de papas fritas y cerró la portezuela de la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Cuál es el suyo? -le preguntó a    Al. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿No te acordás? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Jamón con huevos. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Todo un chico vivo -dijo Max. Se    acercó y tomó el jamón con huevos. Ambos comían con los guantes puestos. George    los observaba. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué &lt;i&gt;mirás&lt;/i&gt;? -dijo Max mirando    a George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Nada. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Cómo que nada. Me estabas mirando    a mí. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-En una de esas lo hacía en broma,    Max -intervino Al. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George se rió. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-&lt;i&gt;Vos&lt;/i&gt; no te rías -lo cortó    Max-. No tenés nada de qué reírte, ¿entendés? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Está bien -dijo George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Así que pensás que está bien -Max    miró a Al-. Piensa que está bien. Esa sí que está buena. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Ah, piensa -dijo Al. Siguieron comiendo.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Cómo se llama el chico vivo ése    que está en la punta del mostrador? -le preguntó Al a Max. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Ey, chico vivo -llamó Max a Nick-,    andá con tu amigo del otro lado del mostrador. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Por? -preguntó Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Porque sí. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Mejor pasá del otro lado, chico    vivo -dijo Al. Nick pasó para el otro lado del mostrador. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué se proponen? -preguntó George.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Nada que te importe -respondió Al-.    ¿Quién está en la cocina? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-El negro. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿El negro? ¿Cómo el negro? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-El negro que cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Decile que venga. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué se proponen? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Decile que venga. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Dónde se creen que están? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sabemos muy bien donde estamos -dijo    el que se llamaba Max-. ¿Parecemos tontos acaso? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Por lo que decís, parecería que    sí -le dijo Al-. ¿Qué tenés que ponerte a discutir con este chico? -y luego    a George- Escuchá, decile al negro que venga acá. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué le van a hacer? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Nada. Pensá un poco, chico vivo.    ¿Qué le haríamos a un negro? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George abrió la portezuela de la    cocina y llamó: -Sam, vení un minutito. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El negro abrió la puerta de la cocina    y salió. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué pasa? -preguntó. Los dos hombres    lo miraron desde el mostrador. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Muy bien, negro -dijo Al-. Quedate    ahí. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El negro Sam, con el delantal puesto,    miró a los hombres sentados al mostrador: -Sí, señor -dijo. Al bajó de su taburete.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Voy a la cocina con el negro y el    chico vivo -dijo-. Volvé a la cocina, negro. Vos también, chico vivo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El hombrecito entró a la cocina después    de Nick y Sam, el cocinero. La puerta se cerró detrás de ellos. El que se llamaba    Max se sentó al mostrador frente a George. No lo miraba a George sino al espejo    que había tras el mostrador. Antes de ser un restaurante, lo de Henry había    sido una taberna. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Bueno, chico vivo -dijo Max con    la vista en el espejo-. ¿Por qué no decís algo? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿De qué se trata todo esto? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Ey, Al -gritó Max-. Acá este chico    vivo quiere saber de qué se trata todo esto. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Por qué no le contás? -se oyó la    voz de Al desde la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿De qué creés que se trata? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No sé. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué pensás? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Mientras hablaba, Max miraba todo    el tiempo al espejo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No lo diría. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Ey, Al, acá el chico vivo dice que    no diría lo que piensa. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Está bien, puedo oírte -dijo Al    desde la cocina, que con una botella de ketchup mantenía abierta la ventanilla    por la que se pasaban los platos-. Escuchame, chico vivo -le dijo a George desde    la cocina-, alejate de la barra. Vos, Max, correte un poquito a la izquierda    -parecía un fotógrafo dando indicaciones para una toma grupal. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Decime, chico vivo -dijo Max-. ¿Qué    pensás que va a pasar? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George no respondió. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Yo te voy a contar -siguió Max-.    Vamos a matar a un sueco. ¿Conocés a un sueco grandote que se llama Ole Andreson?    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Viene a comer todas las noches,    ¿no? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-A veces. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-A las seis en punto, ¿no? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Si viene. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Ya sabemos, chico vivo -dijo Max-.    Hablemos de otra cosa. ¿Vas al cine? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-De vez en cuando. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Tendrías que ir más seguido. Para    alguien tan vivo como vos, está bueno ir al cine. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Por qué van a matar a Ole Andreson?    ¿Qué les hizo? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Nunca tuvo la oportunidad de hacernos    algo. Jamás nos vio. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Y nos va a ver una sola vez -dijo    Al desde la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Entonces por qué lo van a matar?    -preguntó George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Lo hacemos para un amigo. Es un    favor, chico vivo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Callate -dijo Al desde la cocina-.    Hablás demasiado. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Bueno, tengo que divertir al chico    vivo, ¿no, chico vivo? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Hablás demasiado -dijo Al-. El negro    y mi chico vivo se divierten solos. Los tengo atados como una pareja de amigas    en el convento. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Tengo que suponer que estuviste    en un convento? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Uno nunca sabe. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-En un convento judío. Ahí estuviste    vos. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George miró el reloj. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Si viene alguien, decile que el    cocinero salió, si después de eso se queda, le decís que cocinás vos. ¿Entendés,    chico vivo? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí -dijo George-. ¿Qué nos harán    después? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Depende -respondió Max-. Esa es    una de las cosas que uno nunca sabe en el momento. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;George miró el reloj. Eran las seis    y cuarto. La puerta de calle se abrió y entró un conductor de tranvías. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Hola, George -saludó-. ¿Me servís    la cena? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sam salió -dijo George-. Volverá    alrededor de una hora y media. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Mejor voy a la otra cuadra -dijo    el chofer. George miró el reloj. Eran las seis y veinte. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Estuviste bien, chico vivo -le dijo    Max-. Sos un verdadero caballero. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sabía que le volaría la cabeza -dijo    Al desde la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No -dijo Max-, no es eso. Lo que    pasa es que es simpático. Me gusta el chico vivo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;A las siete menos cinco George habló:    -Ya no viene. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Otras dos personas habían entrado    al restaurante. En una oportunidad George fue a la cocina y preparó un sánguche    de jamón con huevos "para llevar", como había pedido el cliente. En la cocina    vio a Al, con su sombrero hongo hacia atrás, sentado en un taburete junto a    la portezuela con el cañón de un arma recortada apoyado en un saliente. Nick    y el cocinero estaban amarrados espalda con espalda con sendas toallas en sus    bocas. George preparó el pedido, lo envolvió en papel manteca, lo puso en una    bolsa y lo entregó, el cliente pagó y salió. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-El chico vivo puede hacer de todo    -dijo Max-. Cocina y hace de todo. Harías de alguna chica una linda esposa,    chico vivo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Sí? -dijo George- Su amigo, Ole    Andreson, no va a venir. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Le vamos a dar otros diez minutos    -repuso Max. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Max miró el espejo y el reloj. Las    agujas marcaban las siete en punto, y luego siete y cinco. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Vamos, Al -dijo Max-. Mejor nos    vamos de acá. Ya no viene. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Mejor esperamos otros cinco minutos    -dijo Al desde la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;En ese lapso entró un hombre, y George    le explicó que el cocinero estaba enfermo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Por qué carajo no conseguís otro    cocinero? -lo increpó el hombre- ¿Acaso no es un restaurante esto? -luego se    marchó. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Vamos, Al -insistió Max. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué hacemos con los dos chicos    vivos y el negro? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No va a haber problemas con ellos.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Estás seguro? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí, ya no tenemos nada que hacer    acá. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No me gusta nada -dijo Al-. Es imprudente,    vos hablás demasiado. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Uh, qué te pasa -replicó Max-. Tenemos    que entretenernos de alguna manera, ¿no? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Igual hablás demasiado -insistió    Al. Este salió de la cocina, la recortada le formaba un ligero bulto en la cintura,    bajo el sobretodo demasiado ajustado que se arregló con sus manos enguantadas.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Adios, chico vivo -le dijo a George-.    La verdad que tuviste suerte. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Es cierto -agregó Max-, deberías    apostar en las carreras, chico vivo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Los dos hombres se retiraron. George,    a través de la ventana, los vio pasar bajo el farol de la esquina y cruzar la    calle. Con sus sobretodos ajustados y esos sombreros hongos parecían dos artistas    de variedades. George volvió a la cocina y desató a Nick y al cocinero. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No quiero que esto vuelva a pasarme    -dijo Sam-. Ya no quiero que vuelva a pasarme. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Nick se incorporó. Nunca antes había    tenido una toalla en su boca. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué carajo...? -dijo pretendiendo    seguridad. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Querían matar a Ole Andreson -les    contó George-. Lo iban a matar de un tiro ni bien entrara a comer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿A Ole Andreson? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí, a él. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El cocinero se palpó los ángulos    de la boca con los pulgares. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Ya se fueron? -preguntó. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí -respondió George-, ya se fueron.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No me gusta -dijo el cocinero-.    No me gusta para nada. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Escuchá -George se dirigió a Nick-.    Tendrías que ir a ver a Ole Andreson. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Está bien. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Mejor que no tengas nada que ver    con esto -le sugirió Sam, el cocinero-. No te conviene meterte. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Si no querés no vayas -dijo George.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No vas a ganar nada involucrándote    en esto -siguió el cocinero-. Mantenete al margen. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Voy a ir a verlo -dijo Nick-. ¿Dónde    vive? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El cocinero se alejó. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Los jóvenes siempre saben que es    lo que quieren hacer -dijo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Vive en la pensión Hirsch -George    le informó a Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Voy para allá. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Afuera, las luces de la calle brillaban    por entre las ramas de un árbol desnudo de follaje. Nick caminó por el costado    de la calzada y a la altura del siguiente poste de luz tomó por una calle lateral.    La pensión Hirsch se hallaba a tres casas. Nick subió los escalones y tocó el    timbre. Una mujer apareció en la entrada. -¿Está Ole Andreson? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Querés verlo? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí, si está. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Nick siguió a la mujer hasta un descanso    de la escalera y luego al final de un pasillo. Ella llamó a la puerta. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Quién es? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Alguien que viene a verlo, Sr. Andreson    -respondió la mujer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Soy Nick Adams. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Pasá. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Nick abrió la puerta e ingresó al    cuarto. Ole Andreson yacía en la cama con la ropa puesta. Había sido un boxeador    peso pesado y la cama le quedaba chica. Estaba acostado con la cabeza sobre    dos almohadas. No miró a Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué pasó? -preguntó. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Estaba en lo de Henry -comenzó Nick-,    cuando dos tipos entraron y nos ataron a mí y al cocinero, y dijeron que iban    a matarlo. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Sonó tonto decirlo. Ole Andreson    no dijo nada. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Nos metieron en la cocina -continuó    Nick-. Iban a dispararle apenas entrara a cenar. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Ole Andreson miró a la pared y siguió    sin decir palabra. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-George creyó que lo mejor era que    yo viniera y le contase. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No hay nada que yo pueda hacer -Ole    Andreson dijo finalmente. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Le voy a decir cómo eran. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No quiero saber cómo eran -dijo    Ole Andreson. Volvió a mirar hacia la pared: -Gracias por venir a avisarme.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No es nada. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Nick miró al grandote que yacía en    la cama. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿No quiere que vaya a la policía?    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No -dijo Ole Andreson-. No sería    buena idea. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿No hay nada que yo pudiera hacer?    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No. No hay nada que hacer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Tal vez no lo dijeran en serio.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No. Lo decían en serio. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Ole Andreson volteó hacia la pared.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Lo que pasa -dijo hablándole a la    pared- es que no me decido a salir. Me quedé todo el día acá. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿No podría escapar de la ciudad?    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No -dijo Ole Andreson-. Estoy harto    de escapar. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Seguía mirando a la pared. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Ya no hay nada que hacer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿No tiene ninguna manera de solucionarlo?    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No. Me equivoqué -seguía hablando    monótonamente-. No hay nada que hacer. Dentro de un rato me voy a decidir a    salir. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Mejor vuelvo a lo de George -dijo    Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Chau -dijo Ole Andreson sin mirar    hacia Nick-. Gracias por venir. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Nick se retiró. Mientras cerraba    la puerta vio a Ole Andreson totalmente vestido, tirado en la cama y mirando    a la pared. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Estuvo todo el día en su cuarto    -le dijo la encargada cuando él bajó las escaleras-. No debe sentirse bien.    Yo le dije: "Señor Andreson, debería salir a caminar en un día otoñal tan lindo    como este", pero no tenía ganas. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No quiere salir. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Qué pena que se sienta mal -dijo    la mujer-. Es un hombre buenísimo. Fue boxeador, ¿sabías? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí, ya sabía. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Uno no se daría cuenta salvo por    su cara -dijo la mujer. Estaban junto a la puerta principal-. Es tan amable.    &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Bueno, buenas noches, Sra. Hirsch    -saludó Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Yo no soy la Sra. Hirsch -dijo la    mujer-. Ella es la dueña. Yo me encargo del lugar. Yo soy la Sra. Bell. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Bueno, buenas noches, Sra. Bell    -dijo Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Buenas noches -dijo la mujer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Nick caminó por la vereda a oscuras    hasta la luz de la esquina, y luego por la calle hasta el restaurante. George    estaba adentro, detrás del mostrador. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Viste a Ole? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí -respondió Nick-. Está en su    cuarto y no va a salir. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;El cocinero, al oír la voz de Nick,    abrió la puerta desde la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No pienso escuchar nada -dijo y    volvió a cerrar la puerta de la cocina. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Le contaste lo que pasó? -preguntó    George. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí. Le conté pero él ya sabe de    qué se trata. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-¿Qué va a hacer? &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Nada. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Lo van a matar. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Supongo que sí. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Debe haberse metido en algún lío    en Chicago. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Supongo -dijo Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Es terrible. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Horrible -dijo Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;Se quedaron callados. George se agachó    a buscar un repasador y limpió el mostrador. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Me pregunto qué habrá hecho -dijo    Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Habrá traicionado a alguien. Por    eso los matan. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Me voy a ir de este pueblo -dijo    Nick. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Sí -dijo George-. Es lo mejor que    podés hacer. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-No soporto pensar en él esperando    en su cuarto sabiendo lo que le va a pasar. Es realmente horrible. &lt;/p&gt;  &lt;p align="justify"&gt;-Bueno -dijo George-. Mejor dejá de pensar en eso.&lt;br /&gt;&lt;/p&gt; &lt;p align="justify"&gt;ERNEST HEMINGWAY. &lt;/p&gt;&lt;div class="blogger-post-footer"&gt;&lt;img width='1' height='1' src='https://blogger.googleusercontent.com/tracker/22370559-113980881324955545?l=nocturnalnews.blogspot.com' alt='' /&gt;&lt;/div&gt;</content><link rel='replies' type='application/atom+xml' href='http://nocturnalnews.blogspot.com/feeds/113980881324955545/comments/default' title='Comentarios de la entrada'/><link rel='replies' type='text/html' href='http://www.blogger.com/comment.g?blogID=22370559&amp;postID=113980881324955545' title='0 Comentarios'/><link rel='edit' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/22370559/posts/default/113980881324955545'/><link rel='self' type='application/atom+xml' href='http://www.blogger.com/feeds/22370559/posts/default/113980881324955545'/><link rel='alternate' type='text/html' href='http://nocturnalnews.blogspot.com/2006/02/los-asesinos.html' title='Los asesinos.'/><author><name>Cretino</name><email>noreply@blogger.com</email><gd:image rel='http://schemas.google.com/g/2005#thumbnail' width='32' height='27' src='http://img284.imageshack.us/img284/4886/mi450th6wf.jpg'/></author><thr:total>0</thr:total></entry></feed>
